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61-La mujer cebra y el 25:

Sí era otro de esos días de condenados borrachos. La mujer cebra, la gente y yo. El lugar estaba mal iluminado. Había llamados recurrentes a la violencia. Sí pero no. Primero había sueño, también había una suerte de dudas consuetudinarias. Lo importante es que la mujer cebra no era lo de antes, sedentaria se habría engrosado. Las cebras nacen para el movimiento y no para la contabilidad por lo que su estadía frente a los “libros” no hacía nada bien. Aunque por lo demás era la misma cebra de siempre, el estampado no decía demasiado, casi era irritante.

Hacia calor, era veinticinco a la noche. La gente estaba dispuesta a patinarse la guita, o mejor expresado yo estaba dispuesto a eso. Mire para adentro de una billetera vieja había dinero pero no tanto. Compre todo lo que puede en un acto de consumismo vergonzante era así la conciencia del alcohólico. Casi por ocio y no por otra cosa. La noche se pasaba, la melancolía se iba. Todo era bastante poco claro si se tiene en cuenta la ingesta relativa de alcohol y las bajas luces. Pero así siempre es útil y sano recordar porque todo parece diferente. La estática relativa es la que entonces desaparece dejando paso a otras cosas. Todos los engaños que uno mismo puede inventar y la irritabilidad quedan condensados en esa forma. Obviamente no se tiene la maquina de escribir “fantasma” para apropiarse de esos momentos de pleno idilio hepático. Toda intoxicación implica un acercamiento a lo místico en cuanto nos invita mínimamente a la muerte.

La cebra, la idea de la cebra, y la de otra mujer de flores, la suerte de los estampados que se movían en un coro de vestidos negros. Todo ello sumaba, todos los colores disminuidos hasta que progresivamente el sol fue dibujando las líneas. La gente se hacía presente, un tiempo de fiesta como todos los demás, siendo la fiesta una parte más de la vida, llena de comercio. Amamos esas luces de colores, uno trata de acercarse a Poe, porque no puede escribiendo intenta que el alcohol ponga los ojos del cuervo en nuestras cabezas. Si ese juego perverso de telones que suben y bajan, los dientes de yegua, la cara de cebra. Un demonio antiguo que hemos olvidado y ahora va de un lado para otro en medio de ese lugar como una cebra. Sus prominencias sus formas de expresión dejó de lado. Yo en medio de todo eso tenía menos dinero del que pensaba. Las imágenes iban y venían, pase horas mirando una pared de ladrillos entre la cual la gente se oponía. Camine entre los seres duros, este los seres quietos, todos están en el mundo de la imagen, en aquella fantasmagoría donde mi mente no se mete. Todo se trata de un viaje, lleno de liviandad como si fuera una especie de milagro, la propia existencia puede ser olvidada en el movimiento. Mientras tanto, todos los ángeles desplumados, bellos en pedo sonríen ante extraños. Esta es la experiencia del ocio alcohólico por excelencia. Ver pasar las horas en sentidos bastante entre cortados, es decir poder hacer uso soberano de la relatividad alterando el punto de referencia. Luego, la cebra se fue. Todos los demás andaban endemoniados, lo único que esperaba encontrar era una serie de alfombras, una suerte de tejidos, un delirio. Persia.

Pero quien sabe, si les dijese que una suerte estampa japonesa se teje en un pelo rubio, en una cara que no tiene molestia pero que es inexpresiva. Yo diría que bien describiría aquello. Ella era la compañera de la cebra que se fue con el vendedor de alfombras, pero el destino pudo estar en otras partes, en algún lugar también estaba el cielo de mis decadencias, mientras rompían la muñeca de porcelana, una y otra vez. Pero uno tiene que elegir mal para tener la verdad, la verdad del azar, la idea fija de que las cosas nos sorprende cuando nos preguntamos los porque.

El sol hundió los nervios ópticos, sin ser pretenciosos quemó el cerebro. Uno no esta preparado para volver al hogar. Un hogar en el sólo espera el sueño y el calor. Incomodo por mil demonios que aún se arrastran. No se puede compensar y aquello no tendría sentido alguno, esta inscripto en la propia naturaleza, es lo que se podría llamar un gusto perverso por las cosas. Los halcones que tiran de la presa, la caminata por la ciudad vacía. Entonces pienso que la fidelidad de la cebra nos presenta como ella misma lame una navaja, y la sangre con la lengua que fluye. Sí una suerte de imagen completamente mal iluminada. Es el sueño de la razón, así es, se discute con la gente por las tarifas de las sustancias porque los fisuras, pelean por ese plus para ganar. Así fue la suerte de animales de ese zoológico, lleno de perros, gatos, ojos, muchos ojos. Los sillones eran completamente estáticos mientras las paredes se movían y solían atragantarse en un punto. Siempre tenemos esa suerte de brillo televisivo, una maquina de pinball que nadie usa y todo lo demás.

No había ni para la resaca, los puntos que estrangulan la propia historia se pueden contar así. Siempre que se halla la manera de escribirle y así se pasa. Por eso en el final, las cosas no parecían en nada a lo que se pudiera contar. Uno volvía a la selva e día por los caminos conocidos para domir poco.

Así fue todo hasta que después de una guerra contra los intestinos, cosí mis ojos. Siendo levantado a las pocas hojas, al grito de: ¡Lacan!    

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